Pascua de Resurrección
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Sexta Estación. La Verónica enjuga el rostro de Jesús. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.
 
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VIACRUCIS: VIERNES SANTO 

Primera Estación
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE 

«Reo es de muerte», dijeron de Jesús los miembros del Sanedrín y, como no podían ejecutar a nadie, lo llevaron de la casa de Caifás al Pretorio. Pilato no encontraba razones para condenar a Jesús,  pero, ante la presión amenazante del pueblo instigado por sus jefes diciendo <<¡Crucifícalo, crucifícalo!», pronunció la sentencia que le reclamaban y, después de azotarlo, les entregó a Jesús para que fuera crucificado. 

Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús desde el Huerto de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor a nosotros, por nuestra conversión y salvación. 

Segunda Estación
JESÚS CARGA CON LA CRUZ  

Condenado muerte, Jesús quedó en manos de los soldados del procurador, que lo llevaron consigo al pretorio y, reunida la tropa, hicieron mofa de él. Llegada la hora, le quitaron el manto de púrpura con que lo habían vestido para la burla, le pusieron de nuevo sus ropas, le cargaron la cruz en que había de morir y salieron camino del Calvario para allí crucificarlo. 

El peso de la cruz es excesivo para las mermadas fuerzas de Jesús, convertido en espectáculo de la chusma y de sus enemigos. No obstante, se abraza a su patíbulo deseoso de cumplir hasta el final la voluntad del Padre: que cargando sobre sí el pecado, las debilidades y flaquezas de todos, los redima. Nosotros, a la vez que contemplamos a Cristo cargado con la cruz, oigamos su voz que nos dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame».  

Tercera Estación
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ 
 

Nuestro Salvador, agotadas las fuerzas por la sangre perdida en la flagelación, debilitado por la acerbidad de los sufrimientos físicos y morales que le infligieron aquella noche, en ayunas y sin haber dormido, apenas pudo dar algunos pasos y pronto cayó bajo el peso de la cruz. Se sucedieron los golpes e imprecaciones de los soldados, las risas y expectación del público. Jesús, con toda la fuerza de su voluntad y a empellones, logró levantarse para seguir su camino. 

El peso de la cruz nos hace tomar conciencia del peso de nuestros pecados, infidelidades, ingratitudes..., de cuanto está figurado en ese madero. Por otra parte, Jesús, que nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que también nosotros podemos caer, y que hemos de comprender a los que caen; ninguno debe quedar postrado; todos hemos de levantarnos con humildad y confianza buscando su ayuda y perdón. 

Cuarta Estación
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE 

En su camino hacia el Calvario, Jesús va envuelto por una multitud de soldados, jefes judíos, pueblo, gentes de buenos sentimientos... También se encuentra allí María, que no aparta la vista de su Hijo, quien, a su vez, la ha entrevisto en la muchedumbre. Pero llega un momento en que sus miradas se encuentran: la de la Madre que ve al Hijo destrozado, la de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se hace mayor al contemplar el dolor del otro, a la vez que ambos se sienten consolados y confortados por el amor y la compasión que se transmiten. 

Nos es fácil adivinar lo que padecerían Jesús y María pensando en lo que toda buena madre y todo buen hijo sufrirían en semejantes circunstancias. Esta es sin duda una de las escenas más patéticas del Vía crucis, porque aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya presentes, la aflicción de los afectos compartidos de una madre y un hijo. María acompaña a Jesús en su sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora.  

Quinta Estación
JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRENEO 

Jesús salió del pretorio llevando a cuestas su cruz, camino del Calvario; pero su primera caída puso de manifiesto el agotamiento del reo. Temerosos los soldados de que la víctima sucumbiese antes de hora, pensaron en buscarle un sustituto. Entonces el centurión obligó a un tal Simón de Cirene, que venía del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre sus hombros y la llevara detrás de Jesús. Tal vez Simón tomó la cruz de mala gana y a la fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia, la abrazó con resignación y amor y fue para él y sus hijos el origen de su conversión. 

El Cireneo ha venido a ser como la imagen viviente de los discípulos de Jesús, que toman su cruz y le siguen. Además, el ejemplo de Simón nos invita a llevar los unos las cargas de los otros, como enseña San Pablo. En los que más sufren hemos de ver a Cristo cargado con la cruz que requiere nuestra ayuda amorosa y desinteresada. 

Sexta Estación
LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS 

Dice el profeta Isaías: «No tenía apariencia ni presencia; lo vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no lo tuvimos en cuenta». Es la descripción profética de la figura de Jesús camino del Calvario, con el rostro desfigurado por el sufrimiento, la sangre, los salivazos, el polvo, el sudor... Entonces, una mujer del pueblo, Verónica de nombre, se abrió paso entre la muchedumbre llevando un lienzo con el que limpió piadosamente el rostro de Jesús. El Señor, como respuesta de gratitud, le dejó grabada en él su Santa Faz.  

Una letrilla tradicional de esta sexta estación nos dice: «Imita la compasión / de Verónica y su manto / si de Cristo el rostro santo / quieres en tu corazón». Nosotros podemos repetir hoy el gesto de la Verónica en el rostro de Cristo que se nos hace presente en tantos hermanos nuestros que comparten de diversas maneras la pasión del Señor, quien nos recuerda: «Lo que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo hacéis». 

Séptima Estación
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ  

Jesús había tomado de nuevo la cruz y con ella a cuestas llegó a la cima de la empinada calle que daba a una de las puertas de la ciudad. Allí, extenuado, sin fuerzas, cayó por segunda vez bajo el peso de la cruz. Faltaba poco para llegar al sitio en que tenía que ser crucificado, y Jesús, empeñado en llevar a cabo hasta la meta los planes de Dios, aún logró reunir fuerzas, levantarse y proseguir su camino. 

Nada tiene de extraño que Jesús cayera si se tiene en cuenta cómo había sido castigado desde la noche anterior, y cómo se encontraba en aquel momento. Pero, al mismo tiempo, este paso nos muestra lo frágil que es la condición humana, aun cuando la aliente el mejor espíritu, y que no han de desmoralizarnos las flaquezas ni las caídas cuando seguimos a Cristo cargados con nuestra cruz. Jesús, por los suelos una vez más, no se siente derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos.  

Octava  Estación
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN 

Dice el evangelista San Lucas que a Jesús, camino del Calvario, lo seguía una gran multitud del pueblo; y unas mujeres se dolían y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos». 

Mientras muchos espectadores se divierten y lanzan insultos contra Jesús, no faltan algunas mujeres que, desafiando las leyes que lo prohibían, tienen el valor de llorar y lamentar la suerte del divino Condenado. Jesús, sin duda, agradeció los buenos sentimientos de aquellas mujeres, y movido del amor a las mismas quiso orientar la nobleza de sus corazones hacia lo más necesario y urgente: la conversión suya y la de sus hijos. Jesús nos enseña a establecer la escala de los valores divinos en nuestra vida y nos da una lección sobre el santo temor de Dios. 

Novena Estación
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ  

Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba a ser crucificado, Jesús cayó por tercera vez, exhausto y sin arrestos ya para levantarse. Las condiciones en que venía y la continua subida lo habían dejado sin aliento.  

Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el cumplimiento de la voluntad del Padre, hasta llegar a la meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de seguirle con la cruz a cuestas por más caídas que se produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre vacíos de nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz que también nosotros hemos de beber. Por otra parte, la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la gravedad de los pecados, que hundieron a Cristo.  

Décima Estación
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS 

Ya en el Calvario y antes de crucificar a Jesús, le dieron a beber vino mezclado con mirra; era una piadosa costumbre de los judíos para amortiguar la sensibilidad del que iba a ser ajusticiado. Jesús lo probo, como gesto de cortesía, pero no quiso beberlo; prefería mantener la plena lucidez y conciencia en los momentos supremos de su sacrificio. Por otra parte, los soldados despojaron a Jesús, sin cuidado ni delicadeza alguna, de sus ropas, incluidas las que estaban pegadas en la carne viva, y, después de la crucifixión, se las repartieron. 

Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado de sus propios vestidos y ver a qué manos iban a parar. Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de ser en extremo triste verse privada de aquellas prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal solicitud, y que ella habría guardado como recuerdo del Hijo querido. 

Undécima Estación
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ  

«Y lo crucificaron», dicen escuetamente los evangelistas. Había llegado el momento terrible de la crucifixión, y Jesús fue fijado en la cruz con cuatro clavos de hierro que le taladraban las manos y los pies. Levantaron la cruz en alto y el cuerpo de Cristo quedó entre cielo y tierra, pendiente de los clavos y apoyado en un saliente que había a mitad del palo vertical. En la parte superior de este palo, encima de la cabeza de Jesús, pusieron el título o causa de la condenación: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. 

El suplicio de la cruz era extremadamente doloroso, como apenas podemos imaginar. El espectáculo mueve a compasión a cualquiera que lo contemple y sea capaz de nobles sentimientos. Pero siempre ha sido difícil entender la locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación para el cristiano. La liturgia canta la paradoja: «¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza / con un peso tan dulce en su corteza!».

Duodécima Estación
JESÚS MUERE EN LA CRUZ 

Desde la crucifixión hasta la muerte transcurrieron tres largas horas que fueron de mortal agonía para Jesús y de altísimas enseñanzas para nosotros. Desde el principio, muchos de los presentes, incluidas las autoridades religiosas, se desataron en ultrajes y escarnios contra el Crucificado. Poco después ocurrió el episodio del buen ladrón, a quien dijo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». San Juan nos refiere otro episodio del todo emocionante: Viendo Jesús a su Madre junto a la cruz y con ella a Juan, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»; y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, nos dice el mismo evangelista, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed». Tomó el vinagre que le acercaron, y añadió: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu. 

A los motivos de meditación que nos ofrece la contemplación de Cristo agonizante en la cruz, lo que hizo y dijo, se añaden los que nos brinda la presencia de María, en la que tendrían un eco muy particular los sufrimientos y la muerte del hijo de sus entrañas. 

Decimotercera Estación
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ
Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU MADRE
 

Para que los cadáveres no quedaran en la cruz al día siguiente, que era un sábado muy solemne para los judíos, éstos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran; los soldados sólo quebraron las piernas de los otros dos, y a Jesús, que ya había muerto, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza. Después, José de Arimatea y Nicodemo, discípulos de Jesús, obtenido el permiso de Pilato y ayudados por sus criados o por otros discípulos del Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron cuidadosa y reverentemente los clavos de las manos y los pies y con todo miramiento lo descolgaron. Al pie de la cruz estaba la Madre, que recibió en sus brazos y puso en su regazo maternal el cuerpo sin vida de su Hijo. 

Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor, expresión de la piedad y ternura de una Madre que contempla, siente y llora las llegas de su Hijo martirizado. Una lanza había atravesado el costado de Cristo, y la espada que anunciara Simeón acabó de atravesar el alma de la María. 

Decimocuarta Estación
JESÚS ES SEPULTADO 

José de Arimatea y Nicodemo tomaron luego el cuerpo de Jesús de los brazos de María y lo envolvieron en una sábana limpia que José había comprado. Cerca de allí tenía José un sepulcro nuevo que había cavado para sí mismo, y en él enterraron a Jesús. Mientras los varones procedían a la sepultura de Cristo, las santas mujeres que solían acompañarlo, y sin duda su Madre, estaban sentadas frente al sepulcro y observaban dónde y cómo quedaba colocado el cuerpo. Después, hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro, y regresaron todos a Jerusalén. 

Con la sepultura de Jesús el corazón de su Madre quedaba sumido en tinieblas de tristeza y soledad. Pero en medio de esas tinieblas brillaba la esperanza cierta de que su Hijo resucitaría, como Él mismo había dicho. En todas las situaciones humanas que se asemejen al paso que ahora contemplamos, la fe en la resurrección es el consuelo más firme y profundo que podemos tener. Cristo ha convertido en lugar de mera transición la muerte y el sepulcro, y cuanto simbolizan. 

Decimoquinta Estación
JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS 

Pasado el sábado, María Magdalena y otras piadosas mujeres fueron muy de madrugada al sepulcro. Llegadas allí, observaron que la piedra había sido removida. Entraron en el sepulcro y no hallaron el cuerpo del Señor, pero vieron a un ángel que les dijo: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí». Poco después llegaron Pedro y Juan, que comprobaron lo que les habían dicho las mujeres. Pronto comenzaron las apariciones de Jesús resucitado: la primera, sin duda, a su Madre; luego, a la Magdalena, a Simón Pedro, a los discípulos de Emaús, al grupo de los apóstoles reunidos, etc., y así durante cuarenta días. Fueron muchos los que, siendo testigos presenciales de la muerte y sepultura del Señor, después lo vieron y trataron resucitado. 

Como enseña San Pablo, la resurrección de Cristo es nuestra resurrección, y si hemos resucitado con Cristo hemos de vivir según la nueva condición de hijos de Dios que hemos recibido en el bautismo. 

DOMINGO DE RESURRECCION, A 

1. MONICIÓN DE ENTRADA 

            Buenos días, amigos: ¡ALELUYA, ALELUYA! ¡EL SEÑOR HA RESUCITADO! Alegrémonos: con toda la Iglesia, con los santos y los ángeles, con nuestro Padre Dios y nuestra Madre la Virgen María. Como los discípulos, también nosotros, en esta mañana gozosa, hemos venido corriendo hasta el sepulcro del Señor y… ¡no está!, ¡ha resucitado! Ojalá, de esta misa salgamos rejuvenecidos, llenos de vida y de fe. Y, sobre todo, con la gran noticia que hemos de dar como cristianos: Cristo ha resucitado, venciendo a la muerte, y, por ello, estamos verdaderamente salvados. Hoy más que nunca, cantemos con alegría, con ilusión y con fuerza. Que se note lo que estamos viviendo: ¡JESUS HA RESUCITADO Y NOS HA SALVADO¡ 

2. MONICION PARA LA ASPERSIÓN DEL AGUA

    (Se suprime el acto penitencial) 

            El sacerdote nos va a rociar con el agua de la vida. Un agua que, ayer noche, fue bendecida en la Vigilia Pascual. Que cuando el sacerdote pase a nuestro lado y derrame el AGUA DE LA VIDA Y DELA RESURRECCION, le digamos a Jesús: SEÑOR, CAMBIAME A MEJOR, que viva una vida nueva. 

3. MONICIÓN A LAS LECTURAS

            Las lecturas de este gran domingo nos hablan de un acontecimiento que los discípulos vivieron en primera línea: LA RESURRECCIÓN DE JESUS. Todo lo demás quedaba, y queda, en un segundo plano. Que también nosotros, en este día de la Pascua, olvidemos lo viejo, lo que nos agobia y nos impide ser felices. En esta Eucaristía, el centro de la fiesta y de nuestro corazón debe ser Jesús muerto y resucitado. 

4. ORACIÓN DE LOS FIELES 

  • Por la Iglesia. Para que, al contemplar el sepulcro vacío, se lance sin temor ni miedos al mundo entero y lleve la Buena Noticia de Jesús Resucitado. Roguemos al Señor. 
  • Por todos los que reciben la fe por el bautismo. Para que cuenten con el apoyo de sus padres y padrinos y para que no sea pan para hoy y hambre para mañana. Roguemos al Señor. 
  • Por todos los que piensan que la muerte tiene la última palabra, y que con ella todo acaba. Para que vean en nosotros la presencia y el testimonio de un Jesús que nos sigue hablando de vida eterna y de vida abundante junto a Dios. Roguemos al Señor.·
  • Por todos los que pregonan el amor de Dios. Por los sacerdotes, religiosos y personas que gastan su tiempo y su vida por hacer presente a Jesús Resucitado en tantos corazones encadenados por el egoísmo o el pecado. Roguemos al Señor. 
  • Pidamos, por último,  por nuestros difuntos a quienes hoy podríamos decirles: ¡Estad tranquilos! ¡Dios os resucitará! Para que descansen en paz, mientras esperan la resurrección. Roguemos al Señor.·

5. PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS 

  • Con este cartel, en el que pone tres veces ALELUYA, queremos simbolizar el GRAN DIA DE LOS CRISTIANOS: El día de la Resurrección de Cristo. Que nada ni nadie nos haga olvidar el Domingo como el día de la alegría y de la vida.
  • Con el pan y el vino, además de recordar el Jueves Santo, queremos decirle al Señor que los domingos aquí estaremos para llenarnos de su fuerza, de su poder, de su gracia  y de su amor. 

6. ORACION DESPUÉS DE LA COMUNIÓN 

                        HAS RESUCITADO, SEÑOR,
                        para que nosotros no nos perdamos
                        entre las cosas de la tierra.
                        HAS RESUCITADO, SEÑOR,
                        porque Dios, como Padre,
                        nos quiere llenos de vida.
                        HAS RESUCITADO, SEÑOR,
                        porque no quieres que la muerte
                        sea más fuerte que nuestra vida.
                        HAS RESUCITADO, SEÑOR,
                        para que, un día en el cielo,
                        todos podamos darnos un abrazo de hermanos.
                        HAS RESUCITADO, SEÑOR.
                        HAS TRIUNFADO, SEÑOR.
                        Llenos de alegría, te decimos:
                        ¡Enhorabuena, Señor!


NOTICIAS

SANTORAL PARA HOY
El agua bendita es uno de los sacramentales –no sacramento- que hay en la Iglesia, a la que Santa Teresa le tenía mucha devoción. Con el hisopo, que se está viendo, el sacerdote rocía y bendice al pueblo de Dios, a los difuntos, a los campos, a objetos…