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En los libros litúrgicos de lecturas está escrita la Palabra de Dios, que se proclama desde el ambón. En esos libros, está contenido lo que hemos de creer y lo que hemos de practicar para alcanzar la salvación, que Cristo nos gano con su vida, muerte y resurrección.
 
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DOMINGO V DE PASCUA, CICLO B

CUMPLIR LOS COMPROMSOS BAUTISMALES

 Por Alfonso Martínez Sanz 

Lecturas: Hechos 9,26-31; I Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8 

1. Seguimos en el tiempo gozoso de la Pascua. Porque Cristo resucitó verdaderamente, estamos totalmente seguros de que nuestra fe es verdadera, de que estamos salvados y de que la genuina alegría cristiana tiene como fundamento último el triunfo de Cristo sobre el poder del demonio, del pecado y de la muerte. 

El cristiano auténtico ha de impregnar toda su vida de la alegría esplendorosa de Pascua. El verdadero cristiano está llamado a no vivir nunca al margen de la alegría, aunque haya dificultades y problemas, aunque haya días que se sienten clavadas las cuatro aristas de la cruz. Los mayores sufrimientos y las mejores alegrías pueden coexistir íntimamente unidos en el lecho de una misma vida. Podría decirse que, después de morir verdaderamente en la cruz, el Resucitado introduce e instala a sus seguidores en la alegría y los entrega a esa alegría pascual.     

2. Como no podía ser de otra manera, las lecturas pascuales de este domingo nos invitan también, de la misma forma que lo hacían los anteriores con unas u otras palabras, a buscar las cosas de arriba, pues son las que de verdad hacen que seamos más y mejor persona. Y hay que tener bien claro que esto vale más que tener dinero en abundancia: vale más ser persona honrada, que persona rica; vale más ser persona que sabe servir y darse a los demás, que persona calculadora, cuyo fin principal en su actuar es engordar sus cuentas corrientes. 

Lo que Dios nos ha enseñado en las lecturas de hoy va encaminado a que tomemos conciencia, cada semana un poco más, de que nos hemos de esforzar en todo momento para cumplir los compromisos bautismales. El bautizado está llamado a la santidad personal, cada uno de acuerdo con su vocación específica y en las circunstancias que le toque vivir. En situaciones extraordinarias, e igualmente en las ordinarias, con la ayuda de la gracia, se puede encontrar a Dios, identificarse con su voluntad, servir a Cristo y a la Iglesia y, por ello, alcanzar la santidad. La fuerza del Resucitado hace que sea posible alcanzar la santidad personal, incluso en el grado máximo. Un ejemplo bien claro nos lo presenta la primera lectura que hace referencia a la conversión de San Pablo: Jesús resucitado hizo de un pecador y perseguidor de los cristianos, que era Pablo de Tarso, un gran santo, apóstol de los gentiles.  

3. La primera lectura nos ha dicho: la Iglesia… progresaba en la fidelidad al Señor. Cada uno de nosotros tenemos el deber de progresar en la fidelidad al Señor. Nuestro modo de vivir el cristianismo no puede ser mediocre, tibio, descomprometido, meramente ritualista, reducido a pura beatería, que tan poco agrada Dios y tan poco influye en la evangelización de nuestro mundo moderno. Esa forma de vivir el cristianismo puede ser cómoda, pero con toda seguridad no conduce a la persona por caminos de santidad personal y tampoco sirve para construir un mundo nuevo.  

San Juan, en la segunda lectura, nos ha hecho esta invitación: hijitos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. Por supuesto que nuestra boca y nuestras palabras han de ser vehículos, a través de los cuales expresamos nuestro amor a Dios y a nuestros padres, hermanos o prójimo en general. Lo que el apóstol quiere decir es que las palabras, si las hay, han de ir acompañadas de obras de amor: ayudar, servir, comprender, escuchar, aconsejar, perdonar, rezar, defender, disculpar… Cuando así obramos, haya o no palabras, estamos amando con obras y de verdad y, como también señala el texto de San Juan, estaremos guardando los mandamientos de Dios y haciendo lo que a Él le agrada.   

4. Hay que reconocer, sin embargo, que progresar en lafidelidad al Señor y amar con obras y según la verdad no es empresa fácil. La naturaleza humana es débil y, aunque salvada, está desordenada e inclinada hacia el mal. Además, frecuentemente es tentada por el diablo, padre de la mentira, para que la persona humana no sea fiel a Dios y no vaya por caminos de amor y de verdad. Ante esa realidad, podría surgir el desánimo y el convencimiento interior de creer que ser fieles y amar de verdad sólo es posible para personas muy excepcionales. Y no es verdad. 

Tal modo de pensar es clarísimamente una tentación. Va en contra de esta frase pronunciada por Jesús y recogida por el evangelio que este domingo hemos proclamado: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Es cierto que nosotros solos somos nada y menos que nada. San Josemaría   venía a decir: no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, no tengo nada…, soy la nada. Pero esa nada que somos se convierte en poder y fortaleza, unidos a Cristo, permaneciendo en Él, abriéndole la puerta de nuestra vida de par en par, comenzando y recomenzando siempre que sea preciso. Es conocido este a modo de slogans: Cristo y yo, mayoría aplastante. Para ello es imprescindible hacer oración frecuente, convertir la Eucaristía en el centro de nuestra vida, acercarnos con frecuencia y dolor al sacramento del perdón y, si es posible, llevar dirección espiritual, llamada también acompañamiento espiritual.    

5. Contamos, además, con la ayuda de la Virgen, a la que se le invoca como omnipotencia suplicante.



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