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Se encuentra este crucifijo en el presbiterio de nuestro templo. Nos recuerda el sacrificio cruento de Cristo en la cruz, ofrecido a Dios Padre por todos los hombres. Cada vez que se celebra la Santa Misa, este sacrificio se renueva incruentamente y se hace presente sobre el altar.
 
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DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO C
 
 DEJÁNDOLO TODO, LO SIGUIERON
 
Lecturas: Isaías 6, 1-2ª.3-8; I Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11.
 
1. Siempre que participamos en la Eucaristía, participamos primero en la mesa o Liturgia de la Palabra. Al escucharla, oímos a Dios que nos habla, no sólo para pasar un rato juntos, sino, sobre todo, para que nuestra vida vaya por caminos de entrega fiel y de compromiso cristiano bien vivido. Oír la Palabra de Dios y quedase más o meno igual, querría decir que esa simiente divina habría caído sobre tierra pedregosa y mala, incapaz de producir fruto, lo cual indicaría nuestra falta de responsabilidad.
 
En el Año de la fe, la escucha y meditación de la Palabra de Dios proclamada en la Eucaristía ha de zarandearnos –valga la expresión- e impulsarnos interiormente a ser mucho más coherentes con el don precioso de nuestra fe, viviendo mas  de acuerdo con esa fe, formándola mejor, celebrándola gozosamente y anunciándola con valentía a cuantos del alguna manera puedan y quieran escucharnos.  
 
2. Las lecturas de este domingo tienen un claro colorido vocacional. Aparece reflejada la llamada que Dios hizo a unos hombres bien distintos y muy distantes en el tiempo: Isaías, Pablo y los hermanos Pedro y Andrés, Santiago y Juan. El Dios del amor los había escogido, desde toda la eternidad, para que desempeñaran una misión importante en la historia de la salvación. Podían haberle dicho no a Dios, porque hombres libres eran. Sin embargo, no lo hicieron, sino que su respuesta fue afirmativa: aquí estoy, mándame (Isaías), su gracia no se ha frustrado en mí (Pablo), dejándolo todo, lo siguieron (Pedro y Andrés, Santiago y Juan).
 
Las tres llamadas ocurren en  situaciones y momentos diferentes: probablemente en el templo, en una liturgia solemne (Isaías), camino de Damasco, para denunciar a los cristianos ante los sacerdotes (Pablo), y en el ejercicio del oficio de pescar (Pedro y Andrés, Santiago y Juan). Esto indica que Dios llama, en cualquier época, a cualquier edad, en el templo y en el mar, incluso, en situaciones, en las que el llamado anda alejado de Dios. Indica también que la vocación no es un derecho, es un don que el Autor de todo don da a quien Él quiere, sin merecerlo por supuesto, y por los motivos que sólo Él conoce.
 
3. A todos los bautizados, Dios nos ha dado la vocación cristiana sin merecerla. Ha sido totalmente gratuita. Y la vocación cristiana es una llamada de Dios, no simplemente a no ser malos. Es una llamada a ser santos, cada uno en su estado y vocación específica, y en medio de sus circunstancias personales, familiares, profesionales y sociales. A todos, no únicamente a los sacerdotes y religiosos, dice el Señor: sed perfectos, sed santos, como mi Padre celestial es santo. San Josemaría Escrivá no se cansó de predicar esta enseñanza, desde el año 1928, y el Vaticano II, de manera solemne, la dejó plasmada en el capítulo V  de la gran Constitución dogmática  Lumen Gentium.
 
Alcanzar la santidad personal ha de ser el más importante objetivo que debe intentar conseguir todo cristiano. El que  no lo consiguiera, habría malgastado su vida o no le habría hecho producir. Por el contario, quien lo alcance será verdaderamente sabio, en la línea del don de sabiduría concedido por el Espíritu Santo. Ir creciendo en santidad personal exige, por otra parte, que el que quiere ser santo sea también apóstol, para que los otros también luchen por ser santos. El cristiano está llamado a ser pescador de hombres. En el “mar del mundo”, Dios nos pide que seamos profetas y apóstoles. Las palabras de Jesús, rema mar adentro. Echad las redes para pescar, deben resonar constantemente en el hondón de nuestra alma, e impulsarnos a anunciar el Evangelio con nuestra palabra y nuestro testimonio, con audacia y constancia, sin complejo alguno, porque creemos firmemente que lo que ofrecemos es la mejor “mercancía” de cuantas mercancías se puedan ofrecer.
 
4. Al finalizar ya esta homilía, hay que hacer referencia necesariamente al hecho de que, dentro de los múltiples dones y carismas que Dios concede a su Iglesia de todos los tiempos, está la vocación al sacerdocio ministerial. Los sacerdotes o presbíteros son absolutamente necesarios en la Iglesia de Dios, pues son un elemento  esencial de la misma. La promesa de Jesús, de que estaría  con nosotros hasta el final de los siglos, nos da la seguridad de que siempre habrá sacerdotes. De lo que no estamos tan seguros es de cuántos habrá en cada época en el futuro. Hoy día, escasean las vocaciones sacerdotales, y no porque Dios, en el momento presente,  no llame a niños, jóvenes y adultos. Lo que ocurre es que las respuestas afirmativas son más bien pocas: ¿quizá porque hay demasiado ruido interior?
 
Rogad al dueño  de la mies que envíe obreros a su mies, nos dijo Jesús. El cristiano, que es un pescador de hombres, ha de intentar ser promotor de vocaciones al sacerdocio, rezando todos los días del año por las vocaciones sacerdotales, planteando el tema a niños y jóvenes, siempre que haya la más mínima posibilidad, comunicando a los sacerdotes posibles candidatos, pidiendo de verdad un sacerdote para la propia familia… Si de verdad amamos a la Iglesia y queremos colaborar eficazmente para que haya muchos y santos sacerdotes, el Espíritu Santo nos inspirará cómo hemos de actuar.
 
5. ¡Reina de los Apóstoles y Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros y danos vocaciones sacerdotales!        


El Viernes Santo se besa esta cruz. Cubierta llega hasta el altar, y el sacerdote va descubriéndola y cantado: “Éste es el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, venid a adorarlo”. Por la Santa Cruz fuimos salvados.
 
Pude verse uno de los cálices y una de las patenas de nuestra parroquia, objetos sagrados, con los que ofrecemos el pan y el vino en la Misa, y que, con la consagración, se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor, que después comulgamos.