Segundo domingo de Adviento
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El agua bendita es uno de los sacramentales –no sacramento- que hay en la Iglesia, a la que Santa Teresa le tenía mucha devoción. Con el hisopo, que se está viendo, el sacerdote rocía y bendice al pueblo de Dios, a los difuntos, a los campos, a objetos…
 
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DOMINGO III DE ADVIENTO, CICLO C
 
EL SEÑOR ESTÁ CERCA
 
Lecturas: Sofonías, 3,14-18ª; Filipenses 4,4-7; Lucas, 3,10-18
 
1. Con palabras prácticamente literales suyas, el Papa Francisco tuvo la alegría de abrir la Puerta Santa del Año Jubilar de la Misericordia, en la fiesta de la Inmaculada Concepción. Será –añadía- una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entre podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.
 
Hoy, Domingo III de Adviento, tal como dice la Bula Misericordiae Vultus, se abre la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la MisericordiaCada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual.
 
2. Con la celebración de estos acontecimientos, estamos ya metidos de lleno en Año de la Misericordia. Desde el principio, nuestras disposiciones personales han de sintonizar con la intención del Papa: vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación interior, acabamos de escucharle. Tanta gracia extraordinaria, como el Señor nos va a dar en este año misericordioso, ha de ser correspondida por nuestra parte desde el principio. Nuestro corazón no ha de ser un corazón duro que no se deja fecundar por la lluvia de la gracia, ni tampoco una vasija agujereada por las pasiones que pierde el agua por todas las partes. Ha de ser como la tierra blanda que se deja empapar por el agua y que no la pierde, dando por ello cosechas y frutos abundantes.
 
Con esa actitud y con una gran alegría estamos comenzando el Año de la Misericordia. Precisamente a este tercer domingo de adviento se le denomina el domingo de la alegría. A ella invitan la oración colecta, las dos primeras lecturas y el salmo responsorial. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, le dice a su pueblo: regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate.La insistencia en que el pueblo ha de vivir alegre no puede ser mayor. En la misma dirección, el apóstol Pablo anima a los cristianos de la comunidad de Filipos a que estén siempre alegres en el Señor. Y, por si acaso no era suficiente, vuelve a decir:os lo repito, estad alegres. En los dos textos bíblicos, se da la razón del por qué hay que estar alegres y llenos de júbilo: porque el Señor ha cancelado tu condena, y porque el Señor está cerca. Tanto la cancelación de la condena, como la cercanía del Señor, son pruebas evidentes de la misericordia infinita de nuestro Dios. 
 
3. La alegría forma parte del mensaje cristiano. No es actitud cristiana la tristeza. La tristeza, enseñaba San Josemaría, es aliada del enemigo. Y es famosa la frase de San Francisco de Sales: un santo triste es un triste santo. El cristiano que vive su fe de manera exigente vive la alegría e irradia alegríapor donde pasa. La alegría conquistará el mundo, afirmaba San Felipe Neri. Desde una perspectiva de fe, todo son razones para estar alegres: estad siempre alegres.
 
Porque Dios es amor, ternura y misericordia, la alegría fundamentada en el amor que Dios nos tiene, ha de ser –como también el amor- un distintivo del cristiano.Para el cristiano es un gozo buscar a Dios y mucho más encontrarlo. El encuentro con Dios siempre es fuente de alegría. Cuando hay verdadero amor, la alegría llena el corazón, aunque el dolor sea compañero nuestro. El auténtico amor trae consigo la alegría: una alegría que tiene raíces en forma de cruz (Forja, 28). Dios es el Dios de mi alegría(Sal 43,4). Quien cree de verdad en Jesucristo no puede sino manifestar con un rostro radiante, con la sonrisa en los labios y con unos ojos iluminados, la alegría de tener a Dios y sentirse amado por Él.
 
4. El cristiano responsable sabe fundamentar su alegría en Cristo, en una vida interior profunda, alimentada por la oración; en una lucha ascética recia, comenzando y recomenzando cuantas veces sea preciso; en la Eucaristía, centro de la vida del cristiano; y en la recepción frecuente del sacramento de las misericordias de Dios, que es la confesión. Cuidando todo ello, el Señor llena su corazón de alegría
 
El hombre moderno, por el contario, con frecuencia no tiene alegría, a pesar de tantas cosas como tiene.  A veces suele oírse que nuestra sociedad actual es una sociedad triste, reflejándose, incluso, en los rostros de la juventud. Ocurre esto, porque grandes masas de hombres y mujeres de nuestro tiempo se creen tan autónomos, y en tal grado de progreso, que rechazan a Dios, dicen que no lo necesitan. ¡Qué engañado están! El ser humano, sin la unión con el que es el motor de su vivir, sin Dios, se siente con un vacío interior que le deja el corazón triste, vacío y abatido. Corazón que no podrá gozar de la alegría con los sucedáneos del Dios verdadero, por ejemplo, alcohol, droga, sexo, poder, dinero, fama, viajes exóticos y un largo etcetera. El mismo Dios por medio de San Pablo: alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Aunque muchos no la compartan ésta es la verdad.
 
5. Vivir la alegría cristiana y sembrar alegría, ayudando a otros a que vivan la alegría en el Señor, son dos compromisos que quien participe en la misa dominical de hoy ha de sacar. Que la Virgen nos ayude a cumplirlos.


El antiguo obispo de la diócesis, D. José; ayudado por el antiguo párroco D. Alfonso, administra el sacramento de la confirmación. Después de dos cursos de catequesis, los jóvenes reciben el gran sacramento que da al Espíritu Santo. Movidos por ese Espíritu han de ser testigos de Cristo en su ambiente.
 
Se encuentra este crucifijo en el presbiterio de nuestro templo. Nos recuerda el sacrificio cruento de Cristo en la cruz, ofrecido a Dios Padre por todos los hombres. Cada vez que se celebra la Santa Misa, este sacrificio se renueva incruentamente y se hace presente sobre el altar.