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Este sagrario se encuentra en la capilla. En él, bajo las apariencias de pan, Cristo está realmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Visitarlo diariamente es una prueba de corresponder al Amor con amor.
 
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DOMINGO III DE ADVIENTO, CICLO A
 
LLEVEMOS A TODOS LA ALEGRÍA
  
Lecturas: Isaías 35, 1-6ª.10; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11
1. Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Son  palabras de la antífona de entrada de la misa de este domingo tercero de adviento, que marcan el tono con el que hemos de vivir todo el adviento, y no sólo el adviento sino todo el Año litúrgico, incluso, toda la vida. Se trata de una alegría en el Señor, que nace de Dios. Ha de ser,  además, una alegría   duradera -siempre alegres-,  que no desaparece cuando aparecen los problemas, las dificultades o las cruces. Y ha de ser permanente por la sólida y consistente razón de que el Señor siempre esta cerca de nosotros, vino a salvarnos y su amor hacia el hombre es infinito y eterno. Muchas veces hemos de decirnos: porque Dios me ama siempre, siempre he de estar alegre y contento.
El Papa Francisco, en la homilía del domingo de Ramos, decía:no sean nunca hombres, mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca se dejen vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables..., y ¡hay tantos! Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que Él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Llevemos a todos la alegría de la fe.
2. Según nos vamos acercando a la Navidad, con palabras de  un autor, vivamos más la alegría de compartir los dones y los talentos que hemos recibido de su bondad, la alegría de ser solidarios con el pobre, la alegría de valorar las cosas más sencillas que nos rodean, la alegría de dar vida a los que están como muertos en nuestra sociedad… la alegría que nace de lo más esencial del Evangelio de Jesús, que nos consiste en tener muchas cosas para ser feliz, sino en la entrega generosa en medio de la vida ordinaria.
La primera lectura tomada de Isaías, llamado el gran profeta del adviento, nos da un motivo poderoso para estar alegres. Se contiene en esta maravillosa expresión: vuestro Dios… viene en persona, resarcirá y os salvará. Es verdad que el profeta literalmente está hablando de la vuelta de los judíos a Jerusalén, hacia el año 538 antes de Cristo, después de haber estado cautivos en Babilonia. Pero también es verdad que la vuelta a Jerusalén es símbolo de la salvación operada por Cristo.
En esta misma línea de pensamiento es Benedicto XVI el que nos enseñaba   también en una homilía: el misterio de Belén nos revela… al Dios cercano a nosotros, no sólo en sentido espacial y temporal; está cerca de nosotros porque, por decirlo así, se ha "casado" con nuestra humanidad; ha asumido nuestra condición, escogiendo ser en todo como nosotros, excepto en el pecado, para hacer que lleguemos a ser como él. Y añadía a modo de conclusión: por tanto, la alegría cristiana brota de esta certeza: Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Y esta alegría permanece también en la prueba, incluso en el sufrimiento; y no está en la superficie, sino en lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él.
3. El evangelio proclamado, aunque implícitamente  nos impulsa igualmente  a la alegría. Juan el Bautista, desde la cárcel, extrañado de que Jesús se esté manifestando como Mesías  con un modo de actuar que,  posiblemente, él no había intuido, manda a dos de sus discípulos a que le pregunten: ¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Ante tal pregunta, Jesús viene a responderle que ciertamente es el que tenía que venir, pero que su mesianismo, empleando palabras de Isaías, es una llegada para los pobres y necesitados, comprensible sólo para los sencillos. 
Puestos a encontrar razones para estar siempre muy contentos, pase lo que pase, nos comprendan o no, nos acepten, nos calumnien o nos persigan, es comprobar, como estamos comprobando, que la Iglesia, en nuestro tiempo, sigue anunciando con fidelidad, y en contra de los aires de modernidad existentes, a  ese  Mesías que tenía que venir y que ya vino, y que es el único salvador del mundo. Aparte los fallos personales de cada católico –jerarquía o no-, la labor espiritual y social que la Iglesia esta desarrollando es impresionante; labor que, incluso, muchos hombres y mujeres agnósticos, pero de mente serena y de buena voluntad, reconocen y valoran.
Parafraseando la respuesta de Jesús a los enviados por Juan, gracias a la Iglesia, en los momentos actuales de crisis económica, en un número elevado, los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se le anuncia la Buena Noticia. Para comprobarlo basta con leer imparcialmente los datos recientes de Cáritas Española. Posiblemente sea bueno  recordar y meditar estas palabras de Isaías en la primera lectura: decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis.   Tos esto ha de animarnos a mantenernos firmes en la entrega, en el ánimo, en la fidelidad, también en las pequeñas gotas de la lluvia de la gracia, en lo pequeño, en lo insignificante, en lo aparentemente sin importancia, precisamente porque el Señor cerca de nosotros, llena el corazón de alegría y de gozo. Es la alegría del deber cumplido. Y, como dice el Santo Padre: llevemos a todos la alegría.
5. Ala Santísima Virgen, causa de nuestra alegría, le pedimos estar siempre alegres en el Señor, y hacer partícipes a los demás de nuestra alegría, que siempre ha de ser  contagiosa.


La Beata María de Jesús, cuya imagen puede verse, es la Titular de nuestra parroquia. Nacida en Tartanedo y educada en Molina de Aragón, pueblos de nuestra diócesis, ingresó en el Carmelo de Toledo. De ella, siendo novicia, diría Santa Teresa: “María de Jesús, no será santa, es ya santa”.
 
Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.