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En la oración de la Beata María de Jesús, el que la reza hace tres actos de suma importancia para vivir como buenos hijos de Dios: adora a Dios, al único que hay que adorar; da gracias por los dones recibidos; y pide ayuda por intercesión de la Beata.
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DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
 
ORAR Y EVANGELIZAR EN TODO TIEMPO
 
Lecturas: Éxodo 17, 8-13; II Timoteo 3, 14-4,2; Lucas 18, 1-8 
 
1. El mes de octubre va avanzando.  Octubre es el mes del rosario. En distintas apariciones de la Virgen (Lourdes, Fátima…), ésta reza el rosario con los videntes. Los Papas, por ello, nos lo recomiendan. Así lo hizo Benedicto XVI en una Audiencia (6-X-2009): la Iglesia honra hoy a la Beata Virgen del Rosario, memoria litúrgica que me ofrece la oportunidad de reafirmar la importancia de la oración del Rosario, tan querida también por mis venerados Predecesores. Y lo recomendaba a todos, pero especialmente a los jóvenes, a los recién casados y a los enfermos. Concretamente, a los jóvenes lo hacía con estas palabras: para que os ayude a cumplir la voluntad de Dios y a encontrar en el Corazón Inmaculado de María un refugio seguro. ¡Ojalá los jóvenes –y también los mayores- lo recemos con frecuencia. Me decía hace poco un feligrés de 84 años, de campo y de un pueblo : señor cura, yo rezo el rosario todos los días; me subo a la habitación de arriba, y lo rezo. Confieso que el cariño y la sencillez con que me lo dijo me emocionó.
 
2. En el salmo responsorial –respuesta hecha oración que hemos dado a Dios, que nos ha hablado en la primera lectura-, le hemos dicho: el auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra. En la Palabra de Dios, escuchada en la primera lectura, hemos visto a Moisés, caudillo de Israel, con los brazos en cruz en la cima del monte, orando por su pueblo, porque todos los israelitas estaban convencidos del poder del Señor. Así quedo reflejado  en el salmo 20: unos confía en sus carros; otros en su caballería; nosotros invocamos el nombre del Señor Dios nuestro.  Motivado por este convencimiento, Moisés invocó el nombre del Señor y obtuvo la victoria de su pueblo sobre los Amalecitas.
 
Pues en la vida hay muchas batallas que dar, aunque no se empleen para ganarlas espadas, fusiles o cañones. Todos los seres humanos tenemos  enemigos que nos atacan en nuestra vida cristiana. Enemigos que llevamos dentro, como son las pasiones, y enemigos que se encuentran fuera de nosotros, como es el ambiente corrompido del mundo en que vivimos, sin olvidarnos del demonio que, según San Pedro, es como un león rugiente que busca a quién devorar. Añádanse a esto los problemas distintos que surgen,  nos preocupan y turban, y que nos quitan la paz y nos hacen sufrir.  Ciertamente las batallas que hemos de dar en la vida son muchas y variadas.
 
3. Empleando las palabras de san Pablo en la segunda lectura,  todo bautizado, insistiendo a tiempo y a destiempo, ha de levantar las manos al cielo, al Señor poderoso que hizo el cielo y la tierra, implorando la ayuda que necesita. Jesús nos invitó a hacerlo de esta manera:lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Un modo de pedir y suplicar es hacerlo mediante el rezo del Santo Rosario, que tanto agrada a la Santísima Virgen. ¡Qué claro lo tenía Juan Pablo II y qué ejemplo nos dio con su amor a la Virgen y al rosario!
 
Es precioso el testimonio del cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco:si no recuerdo mal, era 1985. Una noche fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre….En el medio de la oración, me distraje, mirando la figura del Papa: su piedad, su devoción, ¡eran todo un testimonio!... Su testimonio me impactó... Y allí me di cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a San Juan Diego: "No temas, ¿no soy acaso tu madre?" Comprendí así la presencia de María en la vida del Papa, que no dejó de testimoniar ni un instante. Desde entonces recito todos los días los quince misterios del Rosario. Desde entonces  -dice el Papa- reza los quince misterios del santo rosario. Entonces eran sólo quince los misterios del rosario. y fue precisamente Juan Pablo II quien, algún tiempo después, añadió los cinco misterios luminosos.
 
4. Anunciar el Evangelio, proclamar la Palabra, ser apóstoles de Cristo con la propia vida y con la lengua, a tiempo y a destiempo, como dice san Pablo en la segunda lectura, ha sido tarea difícil en todas las etapas del cristianismo y, quizá, lo sea un poco más en la nuestra, pero hay que hacerlo.  Es deber tanto de sacerdotes y religiosos, como de los laicos o seglares. Benedicto XVI, estos años atrás, exhortaba a un grupo de obispos, junto a otro de peregrinos, a anunciar y testimoniar con valor el Evangelio. Y lo hacía de estas palabras: en el actual clima de pluralismo cultural y religioso, nos damos cuenta que el mensaje de Jesús no es conocido por muchos, por lo tanto, todo cristiano está llamado a un renovado y valiente compromiso de anunciar y testimoniar el Evangelio.
 
Los cristianos hemos de ser bocas y vidas que, en todo tiempo y lugar, en los ambientes fáciles y en los difíciles, a tiempo y a destiempo, estén abiertas y hablen con santo descaro de que Cristo y su mensaje de salvación son la única causa, la única, por la que vale la pena gastar la vida, incluso, perderla, lo cual sería ganarla para la vida eterna. Cristo, la luz del mundo, y su luminoso Evangelio, como también decía Benedicto XVI, son luz para la vida personal y señal que orienta la vida social. El mejor servicio que podemos prestar, incluso a quien nos rechazara, es la valentía de proclamar la Palabra de Dios, a tiempo y a destiempo, con valentía y yendo de frente, aunque, al dar la cara por Cristo, nos den en la cara, y la cara o el corazón duelan. ¡Valentía y audacia! ¡Vale la pena! Con Dios todo lo podemos.
 
5. Que la Virgen, Reina de los apóstoles y de los mártires, nos ayude y nos impulse a ser valientes apóstoles de su Hijo.


Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.
 
Este sagrario se encuentra en la capilla. En él, bajo las apariencias de pan, Cristo está realmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Visitarlo diariamente es una prueba de corresponder al Amor con amor.