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A esta imagen de la Virgen, la llamamos “Virgen Madre”. En el niño que lleva en los brazos, nos vemos representados todos los feligreses. Nuestras palabras se quedan cortas para expresar el amor que nos tiene. Nuestro amor hacia Ella ha de ser grande.
 
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DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

 EL VALOR DE LO PEQUEÑO Y ORDINARIO

Por Alfonso Martínez Sanz

 Lecturas: Ezequiel 17, 22-24; II Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-36

1.  Fui yo quien hace años sembré una semilla de eucalipto en el solar de esta casa, por eso, mira ese eucalipto grande que recrea a la familia entera con su fruto dulce, le contaba el abuelo a su nieto. Ante esta anécdota, un escritor hacía la siguiente reflexión: hay cosas en la vida de las cuales la gente ni siquiera se da cuenta: Una sola gotita de perfume penetra agradablemente el cuarto entero; unos granitos de levadura fermentan toda una masa de pan; unos pedacitos de cuajo hacen que mucha leche se cuaje para hacer queso; la explosión de un solo átomo hace que se destruya una ciudad entera; un grano de maíz produce al ser sembrado muchas mazorcas cargadas de miles de granos; la dinamita por más pequeña que sea puede hacer saltar grandes puentes y edificios. Y añadía: son cosas pequeñas que producen cosas grandes. Así acontece en la naturaleza, así acontece en la vida. Así es hoy, y así era en el tiempo de Jesús. Él habla acerca de eso en sus parábolas del Reino de Dios. Observamos atentamente las cosas de la vida para descubrir el valor que encierran.

La anécdota y la reflexión están en línea con la primera lectura proclamada. Como recordamos, nos ha hablado de que Yahvé cogerá una ramita tierna y la plantará en la cima del monte más alto. Esta rama pequeña y débil echará brotes, dará frutos, se hará un cedro noble y en él anidarán aves de toda pluma. De esa manera se verá cómo el Señor humilla a los árboles altos y ensalza a los árboles humildes.

2. Desde una visión terrena, de tejas para abajo, se considera a los grandes poderes como la solución perfecta para los problemas del hombre. Sin embargo, normalmente no son ésos los caminos de Dios, aunque sean siempre una tentación para la Iglesia de todos los tiempos. No suelen ser los grandes cedros, sino las ramas pequeñas las que Dios emplea para llevar a cabo su plan de salvación.

Tallos y ramas pequeñas fueron los principales personajes que aparecen en la historia de la salvación: Abrahán y su mujer, ancianos y ella estéril, fueron el origen del antiguo pueblo de Dios; un niño hebreo pobre, salvado de las aguas, fue el libertador de la esclavitud de Israel en Egipto; elconocido como el hijo del carpintero y de una doncella pobre de Nazaret fue Salvador del mundo; y unos pobres, y nada cultos, pescadores fueron las columnas fundamentales de la Iglesia.

 3. Y es que, para que Dios obre en nosotros cosas grandes, como en María, hay que hacerse pequeños, ser humildes. Existe en el hombre un instinto que le hace aspirar siempre a grandezas: se lo pide su yo, que siente una irresistible inclinación a alcanzar un ideal, algo superior y más alto, algo que lo haga grande. Con el fin de conseguirlo, se dan dos caminos, el de la soberbia, que es el que siguieron los ángeles rebeldes, Adán, y algunos filósofos paganos… y cayeron en un estado de miseria. El verdadero camino de la auténtica elevación es el camino de la humildad, que es el que siguió Cristo y los santos, y que conduce a la gloria, a la plenitud. A mayor humildad y pequeñez interior, habrá siempre mayor santidad, porque Dios rechaza a los soberbios y da su gracia a los humildes. Escribió san Josemaría en Camino:delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. –No lo olvides.

Las dos parábolas, empleadas por Jesús para explicar el Reino de Dios, nos han hablado de la simiente que se echa en tierra y del grano de mostaza que se siembra. En ambos casos, se trata de elementos pequeños, pero que se convierten en una buena cosecha, si es la simiente lo que se siembra, y en una hortaliza más grade que las demás, cuando lo que se siembra es un grano de mostaza.

4. Así como, con la rama tierna que se convierte en un cedro noble, el profeta Ezequiel se estaba refiriendo más directamente a que  el pueblo de Israel, pobre y pequeño, se iba a convertir en el centro de los pueblos, así también el Reino de Dios, la realidad cristiana, la Iglesia fundada por Jesús, que se presenta como algo pequeño, débil y aparentemente ineficaz ante los poderes y poderosos del mundo, es capaz de transformar a esa misma sociedad en una sociedad llena de los valores del Evangelio. Ocurre con ella como con el fermento que transforma la masa y como con Cristo cuando convirtió el agua en vino en las bodas de Caná.

En nuestra vida de cada día, la gran mayoría de cosas que hacemos –por no decir todas- son ordinarias y pequeñas. Son como la rama tierna de Ezequiel o como la simiente o grano de mostaza, de los que habla Jesús en el Evangelio. Pero todo eso, hecho con la mayor perfección humana que podamos y con amor a Dios y nuestro prójimo, se convierte en medio de santificación y de transformación personal y social. Son clarividentes y consoladores estas palabras de San Josemaría: pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Pero no tienen menos importancia estas otras: sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Nuestro compromiso diario ha de ser agradar al Señor en cada circunstancia de la vida,   poniendo amor en todas nuestras acciones, aun en la más ordinarias o pequeñas, y esforzándonos por realizarlas lo mejor que podamos, de acuerdo con las cualidades que del Señor hayamos recibido.

5. Con la ayuda de la Virgen, intentemos agradar siempre a nuestro Padre Dios.



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