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El amor a Cristo, representado por el crucifijo, y el amor a la Virgen, simbolizado por el rosario, han de ser los dos grandes amores del cristiano, los cuales ni se excluyen ni se contraponen, sino que el uno conduce al otro. Quien quiera lo puede experimentar.
 
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DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
JORNADA DEL DOMUND
 
PARA ALCANZAR MISERICORDIA
 
Por Alfonso Martínez Sanz
 
Lecturas: Isaías 53, 10-11; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45
1. Lo leí tal como lo escribo: en cierta ocasión un rey, ya anciano, pensó que en su vida había visto todo lo que deseaba. Solamente le faltaba ver a Dios. Llamó a sus sabios y consejeros, y les ordenó que le hicieran ver a Dios. Ellos le respondieron que era imposible cumplir tal orden.  Sin embargo, un pastor de ovejas se enteró del deseo del rey. Llegó hasta el palacio e hizo avisar al rey que él haría posible que viera a Dios. Ya en la presencia del monarca, éste le preguntó si era capaz de mostrarle a Dios. El pastor le dijo que si quería ver a Dios, tenía que salir al patio, con él, al mediodía. Así lo hicieron. El pastor le indicó entonces que, durante un minuto mirara fijamente el sol. El rey trató de mirarlo, pero no pudo, y protestó creyendo que el propósito del pastor era que quedara ciego. Entonces el pastor replicó: Señor, el sol es una de las obras de Dios, y no de las más grandes. Si Ud. no puede mirar directamente una de las obras de Dios, ¿cómo pretende ver al Creador del sol?El rey reconoció que tenía razón y desistió de su propósito.
2. El ser humano es limitado en todo, a pesar de las grandes capacidades que el Creador ha puesto en él. Fruto de las mismas son los avances, a veces admirables e impresionantes, de la ciencia y de la técnica. Pero el hombre es limitado, mientras que Dios, su creador, es infinito. Ésta es la razón por la que el hombre nunca podrá comprender del todo a Dios, ni los misterios, cuya existencia Él ha revelado. Es más, también la propia naturaleza es tan grandiosa que sus leyes y fenómenos resultan igualmente incomprensibles, en gran medida, para el hombre.
Llevaba razón el pastor cuando venía a decirle a rey que, si no podía mirar directamente al sol, cómo pretendía ver al Creador del sol, que es infinitamente más grande. No llevaba razón, sin embargo, si con ello quería dar a entender que a Dios no se le puede ver de ninguna manera. Cuando nuestra madre está en otra ciudad y miramos una fotografía suya, la estamos viendo de alguna manera con los ojos de la cara y también con nuestro entendimiento e imaginación. Algo parecido sucede mirando la naturaleza, que es como una fotografía del Creador, y que expresa y manifiesta su grandeza, su belleza y su bondad. Es más, la fe católica nos enseña que, si morimos en el Señor, en su amistad, le veremos cara a cara, tal cual es, en el cielo para siempre.
3. Dios nos ha creado para que le demos gloria en esta vida, cumpliendo su Voluntad, y, tras la muerte, seamos felices en el cielo eternamente. Dios quiere nuestra  salvación  eterna;  quiere  que  todos  sus  hijos  vivamos  en la  casa del Padre por una eternidad sin fin y con una felicidad sin límite. Precisamente para esto vino Jesús, para servir y dar su vida en rescate por todos, como nos dice el evangelio proclamado.    
El siervo, del que habla la primera lectura, no es otro que Cristo.  En verdad, el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregó su vida como expiación de nuestros pecados. La pasión y muerte de Cristo en la cruz fue de tanto sufrimiento físico y moral, que no hay palabras adecuadas para poder expresarlo. Realmente el cáliz que bebió y el bautismo con que se bautizó, de los que hablaba a los hijos del Zebedeo, fueron su triste y dolorosísima pasión y muerte. Nadie ha sufrido ni sufrirá como sufrió nuestro Señor Jesucristo.     Pero su sufrimiento no fue estéril, porque justificó a muchos, cargando con los crímenes de ellos, tal como hemos escuchado en el texto de Isaías.    
4. Cristo, el Señor, lo sufrió todo por amor a la humanidad entera y a cada uno de nosotros en particular. Por nuestra parte, deberíamos corresponder con una vida fiel y llena de amor a ese amor infinito de Jesús, que entregó la suya hasta derramar la última gota de su sangre. Pero, frecuentemente, no es así. Nuestra vida tibia y llena de pecados, a veces mortales, es un abuso y una falta de responsabilidad en nuestro modo de vivir los compromisos cristianos. Dada nuestra debilidad, nos dejamos llevar de las pasiones interiores o del ambiente exterior, con no poca frecuencia, traicionamos a Cristo, a lo Pedro o a lo Judas, y rompemos nuestra amistad con Dios, exponiéndonos a una condenación eterna. Por muchos, grandes y graves que sean nuestras caídas y pecados, nunca hay que caer en la tentación de pensar que nuestra situación personal no tiene solución, o no se puede salir de ella. Dios, que es amor, siempre es misericordia. La misericordia es el segundo nombre del amor, ha dicho alguna vez el papa Francisco. Acercarse al sacramento de la Penitencia es acercarse al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Y la misericordia, si nuestras disposiciones son buenas, siempre se alcanza.
Precisamente el Domund de este año, tan cercano ya del comienzo del Año de la Misericordia proclamado por el Santo Padre, tiene este lema: misioneros de la misericordia. Explicando este lema se nos dice:la misericordia es la identidad de Dios, que se vuelca para ofrecernos la salvación. Es también la identidad de la Iglesia, hogar donde cada persona puede sentirse acogida, amada y alentada a vivir la vida buena del Evangelio. Y es, por ello, la identidad del misionero, que acompaña con amor y paciencia el crecimiento integral de las personas, compartiendo su día a día. Podríamos añadir que ha de ser también la identidad de todo cristiano, en cuanto sujeto que la recibe de Dios en su propia vida, y en cuanto misionero que la anuncia a los demás con su vida y su palabra.
 5. Que la Virgen, madre de misericordia, nos lleve siempre de la mano al trono de la gracia para alcanzar misericordia.  


Benedicto XVI es el sucesor de San Pedro y, por ello, Vicario de Cristo en la tierra. El amor a Cristo y a la Iglesia no pueden darse sin amor afectivo y efectivo al Papa de cada momento histórico. Queremos vivir la plena comunión con el Santo Padre.
 
Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.