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DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
ALEGRÍA EN EL CIELO
Por Alfonso Martínez Sanz
Lecturas: Éxodo 32, 7-11. 13-14; I Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
1. Movidos por el Espíritu, estamos congregados en torno al altar para celebrar y participar en la Eucaristía dominical, que hemos de darle siempre el valor que tiene, y que los Papas nos recuerdan en documentos de gran importancia. Fuera del templo han quedado nuestras ocupaciones ordinarias, cuanto nos perturba y aquellas personas que han decidido no venir.
Siendo esto así, también es verdad que todo eso lo vamos a encomendar al Señor y lo vamos a poner en la patena y en el cáliz, para adorarle, para pedirle perdón de nuestros pecados, para darle gracias por los dones que nos concede y para rogarle que nos dé las ayudas que necesitamos. El buen cristiano tiene un corazón universal y, por ello, en Misa dominical, reza con otros y reza por los otros, presentes o ausentes.
2. La Palabra de Dios de este domingo son una clara enseñanza sobre lo mucho que Dios quiere al hombre, lo infinita que es su misericordia y la paciencia que tiene con nosotros. Porque Dios es amor, siempre está dispuesto al perdón. Porque Dios es amor, siempre tiene los brazos abiertos para abrazarnos, perdonarnos y celebrar con una fiesta alegre el reencuentro.
Dios, al crear al hombre, lo hizo libre, y sabía que iba a usar mal su libertad, cayendo en el pecado. Pero, con su infinita sabiduría, proyecto un plan de salvación y perdón, que llevó a cabo su Hijo Unigénito, que cargó sobre sí el peso de nuestros pecados, redimiéndonos de ellos y de la muerte eterna con su vida, pasión, muerte y resurrección.
3. En la primera lectura proclamada, aparece con claridad el pecado gravísimo del pueblo elegido, adorando a un becerro de oro; la intercesión de Moisés por ese pueblo; y el perdón que Dios le concede. El Dios que ha formado al pueblo sobrenaturalmente por amor, y que ha firmado con él también por amor la Alianza del Sinaí, aparece perdonándole de su pecado de idolatría, precisamente porque le ama. En esta, línea se encuentra igualmente la segunda lectura, como puede verse en estas palabras del Apóstol: yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí… porque Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano.
El evangelio, una de las páginas más bellas del Nuevo Testamento, cuenta la parábola del hijo pródigo, que es como la historia de todo hombre. Todos somos hijo pródigo, todos en nuestra vida nos vamos de la casa del Padre y vivimos perdidamente. En eso, todos nos parecemos al hijo menor. Pero el protagonista de la parábola no es ninguno de los dos hermanos. Es el padre, que espera al hijo sin cansarse y sin perder la esperanza, que lo abraza comiéndoselo a besos, que celebra el regreso con una fiesta, y que trata de que el hijo mayor lo entienda y lo acepte. Ese padre no puede ser otro que nuestro Padre Dios.
4. Dice un autor moderno: Dios no es un Ser lejano, ajeno a nuestro dolor, nuestro pecado, nuestros problemas. Dios es un PADRE que nos ama, nos acoge, nos perdona SIEMPRE. Su amor y su perdón no tienen más límites que nuestra propia libertad. Siempre me ha impresionado la figura de ese Padre de la parábola esperando al hijo en la puerta, porque su corazón dolorido le decía que volvería. Siempre me ha emocionado cómo el es el Padre el que sale corriendo a abrazar a su hijo. ¡Hay algo más que decir sobre Dios! Sólo adorar y agradecer este inmenso AMOR MISERICORDIOSO, dejarnos abrazar por El, abandonarnos en su pecho, llorar de arrepentimiento, sentir su corazón latiendo al compás de su inmenso cariño por nosotros.
Contemplar a tal Padre, nuestro Padre Dios, y no acercarnos al sacramento del perdón, indicaría que se rechaza positivamente el amor misericordioso que nos ofrece Dios, y que, por ello, nos quedamos sin perdón, con las bellotas de nuestros pecados. Como el hijo pródigo, muchas veces en nuestra vida, hemos de tomar esta decisión: me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y el Señor, por medio de su Iglesia, en el sacramento de la confesión, nos dirá: tus pecados quedan perdonados, vete y no peque más. Y, en el cielo, habrá una gran alegría, porque en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte que noventa y nueve justos.
5. La Virgen es Madre de misericordia. A Ella acudimos y le pedimos que nos dé un corazón sencillo para entender y valorar el amor misericordioso de nuestro Padre Dios, que nos invita a la recepción frecuente del sacramento de la Reconciliación, el cual tiene un poder transformador y da al alma la verdadera alegría.
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